LA DESIGUALDAD ES VIOLENCIA MACHISTA: NO VA MÁS LA POLÍTICA PATRIARCAL

El 23 de septiembre de 1947, Eva Perón anunció la Ley N° 13.010 que habilitó una conquista histórica de las mujeres y posibilitó que votáramos por primera vez de forma masiva el 11 de agosto de 1951. Evita materializó una histórica demanda del movimiento sufragista  y el feminismo que venía organizándose en nuestro país desde principios del siglo XX bajo la referencias destacadas de Alicia Moreau de JustoElvira Rawson de Dellepiane y Julieta Lanteri, que dieron innumerables batallas para conseguirla.

Aquel día, una multitud celebró la promulgación en Plaza de Mayo. Y Evita brindó las siguientes palabras: Recibo en este instante de manos del Gobierno de la Nación la ley que consagra nuestros derechos cívicos. Y la recibo, ante vosotras, con la certeza que lo hago en nombre y representación de todas las mujeres argentinas, sintiendo jubilosamente que me tiemblan las manos al contacto del laurel que proclama la victoria”.

A pesar de este hecho político institucional, la participación efectiva de las mujeres en los partidos políticos y diferentes estamentos del gobierno fue marginal respecto de los varones durante los años posteriores a la universalización real del voto. Recién en  el año 1991, se sanciona la Ley N° 24.012, conocida como “de cupo femenino”, que buscó aumentar la representación femenina en la política, estableciendo que al menos un 30% de los lugares debían estar ocupados por mujeres. Algo más tarde, en el año 2017, se sancionó la Ley Nº 27.412, de paridad de género, que busca romper “el techo de cristal” de la participación femenina en la política, estableciendo que las listas de candidates deben ser realizadas “ubicando de manera intercalada a mujeres y varones”.

Las dificultades  que atravesaron (y atravesamos) las mujeres en el proceso de ampliación de su participación y representación política se explican por la existencia y persistencia de una cultura política con un fuerte sesgo machista. Esta cultura se expresa principalmente en acciones tendentes a desalentar su participación política en diferentes ámbitos y se materializa en el ejercicio de distintos tipos de violencia sobre ellas. La misoginia, la ridiculización, el maltrato verbal, la violencia online, el acoso, las insinuaciones, las demostraciones excesivas y no consentidas de cariño o el abuso sexual son solo algunas de las violencias a las que se enfrentan muchas de las mujeres que hacen política (desde las militantes hasta las funcionarias); siendo prácticas inherentes a la cultura política patriarcal que se producen y reproducen en el ámbito institucional y/o partidario. 

En la Primera Encuesta Nacional a Mujeres en Política, que realizamos desde el Observatorio Julieta Lanteri en el año 2018, el 90% de las mujeres encuestadas nos respondieron que en algún momento de su trayectoria política habían sufrido algún tipo de violencia machista. En este sentido, la encuesta arrojó cifras como que a 7 de cada 10 mujeres les invisibilizaron sus propuestas/opiniones/proyectos; 9 de cada 10 fueron expuestas a  un desigual del trabajo político, 9 de cada 10 fueron víctimas de una distribución desigual del uso de la palabra, 9 de cada 10  fueron ridiculizadas/despreciadas en sus opiniones, 5 de cada 10 fueron agredidas verbalmente y 7 de cada 10 fueron acosadas sexualmente.

La violencia machista en el ámbito político es un fenómeno masivo y persistente que atraviesa todas las organizaciones sociales y políticas, sin importar su color político, así como los espacios institucionales de representación y de gobierno. Para acabar con la violencia contra las mujeres y disidencias en política es necesario despatriarcalizar la política, porque No son las Reglas, es Violencia.